Entradas de la categoría 'Cuentos Infantiles'

El cazador que llegó al pasado.

Cuento inventado y remitido a este blog por Miguel Ángel Vega Guevara de ocho años de edad que estudia en el Colegio Centroamerica del Sagrado Corazón de Jesús en Managua (Nicaragua).

Dinosaurios11

 

Hace mucho tiempo, los dinosaurios vivían en paz.

El rey tiranosaurio rex y sus grandes amigos, el triceratops, el stygimoloch y el espinosaurio.

Dinosaurios2 2En el reino habían muchos peces para los carnivoros y también habían muchas plantas para los herbívoros.

Un día, un cazador que llegó al pasado en una máquina del tiempo, quería tener la cabeza del tiranosaurio rex como trofeo.

El cazador tenía un detector de carnívoros, una escopeta con balas puntiagudas, cuchillas y balas extras.

Pasó algún tiempo y el cazador se dio cuenta que el tiranosaurio rex tenía un hijo.

El cazador se arrepintió de destruir a la familia porque pensó que él tenía una familia igual a la del tiranosaurio rex.

Miguel Ángel Vega Guevara

(Inspirado en los cuentos del nicaraguense Pierre Pierson Vílchez).

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La flor sin color

Cuento inventado por los niños de primer curso de Primaria del Colegio San Carlos Borromeo: Mªría Luisa, Verónica, Rafael, Félix Manuel, Joaquín, Silvia, Laura, Lidia, Victor, Nuria, Natalia y Vicente.

Había una vez una flor muy pequeña, que estaba plantada en un jardín grandísimo.

Esta flor estaba muy triste, porque era la que menos colores tenía de todo el jardín. Y por eso siempre estaba llorando.

Un día una mariposa muy bonita que volaba por el jardín, se posó sobre la flor y le dijo: ¿Qué te pasa?, ¿Por qué lloras?.

La flor le dijo que estaba triste porque tenía muy pocos colores, y también se le estaban cayendo los pétalos.

La mariposa le animó mucho y le dijo que ella tenía unos colores tan bonitos en sus alas, porque siempre estaba muy alegre.

La flor sin color

Al día siguiente, la flor quiso ser como la mariposa y dejó de llorar y quiso ser bonita.

El suelo donde estaba plantada estaba muy mojado porque había llorado tantos días, que empezó a crecer y crecer; y con el sol se hizo grande y bella.

Desde aquel día era una de las flores más preciosas del jardín.

La mariposa

Todas sus compañeras se sorprendieron de lo hermosa que estaba, y los colores que tenía.

Cuando llegó el invierno, todo el jardín se quedó blanco por la nieve que había caído. Las demás flores se murieron, pero ella con su alegría aguantó el frío y la nieve y vivió un año más.

En primavera volvió a ver a su amiga la mariposa y fueron muy felices.

Y colorín colorado, la flor y la mariposa de colores el jardín han inundado.

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“El lago de leche”

El lago de Leche   –   (Somos una única raza)

Relatan en Colombia que hace mucho, mucho tiempo… cuando las personas comenzaron a existir, vivían todas juntas y eran todas iguales.

Dicen que en aquella época todas las personas eran negras, pero negras negras … o sea, negras de verdad.

Cuentan también que allí en aquel lugar donde vivían todas las personas juntas, había también un lago de leche.

El único lago de leche que ha existido en el mundo y que era blanco, pero blanco, absolutamente blanco.

Los hombres y las mujeres no conocían el lago porque quedaba un poco lejos de lugar donde habitaban, pero un día de verano que salieron a caminar con el deseo de conocer más y llegar más lejos…, sucedió algo que lo cambió todo.

Caminando, caminando, se fueron haciendo grupos: Los que charlaban del tiempo, los que contaban cuentos, los que cantaban… y fue así como un pequeño grupo de hombres y mujeres llegaron los primeros al lago de leche.

– ¡Qué bonito! – decían algunas.

– ¡Y qué blanco! – decían algunos.

Como hacía calor y tenían sed de tanto caminar, decidieron probar como sabía el agua blanca de aquel lago.

Se agacharon y metieron las manos en él.

Juntaron las palmas como un cuenco y bebieron.

Fue entonces, cuando se miraron y empezaron a reír.

– ¡Te has manchado de blanco! – exclamó un niño.

Pero una niña se miró las manos y se puso a llorar…, sus manos estaban blancas y sus bracitos negros.

Las mamás y los papás preocupados querían consolar a sus hijas e hijos, pero también las personas grandes estaban preocupadas por haberse quedado blancas y negras.

– ¡No pasa nada dijo una abuela!, si no podemos volver a ser negros, nos metemos en el lago y seremos blancos. “El color no importa”.

¡Cierto!. Y fue entonces, cuando las personas del primer grupo se lanzaron al lago.

Jugando metieron la cabeza debajo del agua… y cuando salieron eran un grupo de personas blancas, pero blancas, blancas.

Justo entonces, llegó el segundo grupo de personas negras.

Nada más llegar empezaron a reír:

– ¿Qué os ha pasado? – preguntaban divertidas.

– Nos hemos bañado en el lago de leche – respondieron las personas blancas.

Pero al mirarlo se dieron cuenta de que la leche ya no era blanca, se había teñido con el color de su piel y ahora parecía que habían preparado leche con cacao. También el segundo grupo quiso probar qué le pasaba a su piel si se bañaban en aquel extraño lago… y corrieron todos a meterse en la leche. Nadaron y bucearon, salpicaron y bracearon, y cuando salieron…

– ¡Ohhhhhh!, ¡qué bonito! – decían al mirar su piel de color moreno.

Llegaban en ese momento las personas del último grupo y miraban asombradas a sus amigas y amigos… los que antes del viaje eran iguales a ellas.

– ¿Qué ha sucedido? – preguntaban con asombro.

– Es por la leche del algo, es mágica y cambia el color de la piel – explicaban los primeros.

– ¿Nos bañamos nosotros? – preguntaban las niñas y los niños que siempre tienen ganas de ir a al agua.

– Vayamos todos juntos – dijo una niña a la que no le gustaba bañarse sin su mamá.

Y el último grupo de mujeres y hombres negros corrió a meterse en el lago, pero: con tanto juego y tanto chapoteo, la leche se había consumido y ahora apenas quedaba una fina capa sobre el suelo… era tan poco que no alcanzaba para cubrirles los pies.

Fue entonces cuando un bebé, que apenas comenzaba a caminar, se dobló sobre su pancita y tocó la leche con la palma de sus manos… todas las personas hicieron lo mismo. Ahora las palmas de sus manos y las palmas de sus pies eran blancas.

Fue allí donde comenzó la separación de las personas por colores, cada grupo continuó su viaje hacia un lugar diferente…, hasta ahora, que de nuevo nos volvemos a juntar.

¡Cuéntalo tú! (Carmen Ibarlucea – Esther Herrero) – Fundación Tremn

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“El amigo de los pájaros”

Juanito era un muchacho vivaracho y juguetón. Tenía nueve años de edad. Vivía con sus padres, humildes labradores, en una casita en el campo, a media hora de camino del pueblo donde diariamente tenía que ir a la escuela.

Todas las mañanas se levantaba muy temprano para salir al campo y adentrarse en la alameda que había a poca distancia de donde vivía. Regresaba con el tiempo justo de asearse, desayunar, coger la cartera con sus libros y caminar hacia la escuela.

Juanito era un alumno aventajado en las enseñanzas que se impartía en su clase. Su maestro le tenía en mucha estima. Después de hacer sus deberes escolares en casa, volvía otra vez a la alameda, para regresar a la caída de la tarde. Nadie sabía qué hacía Juanito en aquel lugar.

Allá, muy cerca de su escondrijo fluía agua de un manantial. Cada día, en invierno o en verano, acudían a beber infinidad de pájaros. El muchacho conocía el canto del jilguero, el de la alondra, el melodioso canto del ruiseñor, el del tordo, con sus tonos variados y el arrullo de la tórtola.

Era capaz de adivina a qué distancia se encontraban los perdigones cuando se acercaban al agua a primera hora de la mañana; solamente con oír sus inconfundibles piar entre la espesura de la alameda, caminando en fila india, hasta aproximarse al agua para beber.

Conocía también el graznido chillón del arrendajo, que en el silencio de la mañana asustaba a los demás pájaros. Por el sonido de sus alas conocía el vuelo bravío de la paloma torcaz, aunque por lo cerrado de la arboleda, no la pudiera ver. Conocía el comportamiento del inquieto y sagaz gorrión. De todo ser volátil sabía sus costumbres y conductas; los observaba cuando se acercaban al manantial cada día.

Quería tanto a los pájaros que las porciones de pan que había de comerse en su casa, las guardaba para sus amigos, como él los llamaba.

Cuando los pájaros acababan de beber, se acercaban a Juanito sin ningún recelo, esperando el obsequio de las migas de pan que cada día llevaba para repartírselas.

¡Bello espectáculo, Juanito hablaba con los pájaros!. Los regañaba cariñosamente, cuando se disputaban un pedazo de pan entre algunos de ellos. Los más atrevidos se posaban en su cabeza o en sus hombros. Los cogía entre sus manos, para acariciar su plumaje.

Cuando volvía a su casa, sus padres le preguntaban por qué iba a la alameda todos los días por la mañana temprano. Solamente les contestaba que era para jugar un rato con sus amigos. Trataban de averiguar qué clase de amigos tenía; si eran conejos del monte o tal vez algún cervatillo que anduviera descarriado por aquel lugar. Juanito sonreía y les contestaba que esos no eran sus amigos, pero no les decía de qué animales se trataban.

En tiempos de recolección, bandadas de pájaros se posaban sobre las mieses de los colonos de aquellas tierras. Juanito, cuando los pájaros volaban por encima de su huerto, levantaba los brazos y les gritaba algo que nadie acertaba a comprender, y los pájaros pasaban de largo y nunca hacían daño en lo que su padre tenía sembrado.

Un buen día, el padre de Juanito recibió la visita de un vecino colindante. Hablaron de la cosecha que se presentaba aquel año, del ganado, en fin, de cosas relacionadas entre los hombres del campo. El visitante se lamentaba del daño que les ocasionaban los pájaros en sus mieses, a pesar de haber colocado espantapájaros y valerse de otros medios para espantarlos. Juanito escuchaba atentamente y sonreía. Su padre le comentó al vecino, que a él no le hacían daño los pájaros en lo que sembraba, ni en unos cuantos árboles frutales que tenía.

“Mi Juanito”, le dijo, es muy habilidoso para alejarlos.

¡Cómo se regocijaba el muchacho oyendo a su padre!. No pudiendo contenerse más tiempo, les dijo: “Los pájaros son amigos míos y por eso cuando vuelan por encima del huerto, ni se posan, ni se comen nada”. Aquel hombre y el padre de Juanito se miraron confusos sin comprenderlo.

¡Buena nota tomó el padre, de lo que su hijo había dicho!.

A la mañana siguiente, antes de que se levantara Juanito, se fue a la alameda y se ocultó entre los árboles para no ser visto.

Imitando el canto de los pájaros con silbidos, nuestro Juanito se dirigió al manantial. Su padre lo observaba atentamente, para averiguar lo que su hijo hacía en aquel lugar cada día por la mañana y por la tarde. Vio como los pájaros no recelaban de Juanito cuando acudían a beber y les repartía trozos de pan que sacó de sus bolsillos.

¡Maravilloso espectáculo fue lo que vieron sus ojos!. ¡Quién iba a decirle a él, que su hijo tenía gracia del cielo para convivir con los pájaros!.

¡Era verdad cuando les dijo, que los pájaros eran amigos suyo y por eso no se comían su cosecha!.

Ahora, en cierto modo, le causaba pesar haber regañado a su hijo cada día, apremiándolo a la hora de ir a la escuela.

Acordaron los padres no hablarle a su hijo nada de lo que ya sabían referente a los pájaros, para no contrariarlo en lo que en secreto y con tanto gozo empleaba su tiempo libre.

A partir de aquel día, Juanito, sin saber por qué, de su madre recibía en cada comida doble ración de pan.

Cuento escrito por Alfonso Fernández Naranjo

  Ilustrado por su nieto Carlos Fernández Orive (5 años)

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Los dos amigos y el duendecillo del bosque

Cuento inventado por los niños y niñas del Colegio San Sebastián, alumnos de 5 años del Club Infantil de Lectura:  (Patricia, Alberto, Mª del Pilar, Mario, Lara, Alfonso, Lucía, Alberto, José Antonio, Alejandra, José Luis, Francisco, Natalia.)

Clara y Raúl eran dos amigos y compañeros del cole. Un día fue toda su clase de excursión al bosque. Allí vieron muchos animales (caballos, conejos, pajarillos, ciervos, patos…)

Pero Clara y Raúl, se entretuvieron siguiendo a un saltamontes y se perdieron en el bosque. Cuando empezó a ser de noche, se asustaron mucho con el ruido de los búhos.

Mientras tanto, todos los niños y profesores se fueron a dormir a una tienda de campaña muy grande y no se dieron cuenta de que Clara y Raúl no estaban con ellos.

Los niños perdidos tenían mucho miedo y empezaron a llorar.

Clara y Raúl perdidos en el bosque


Un duende que vivía por allí cerca, al oír los llantos, se acercó hasta Clara y Raúl; era un duende de color rojo que saltaba mucho y estaba muy triste.

Clara y Raúl se creyeron que era un duende malo, pero él les dijo que no se asustaran; y como los niños tenían mucho frío, el duende los llevó a su cueva, que era muy oscura y profunda, y allí se calentaron y comieron.

Cuando estaban tan tranquilos jugando con el duende, éste los encerró en la cueva, porque como él no había tenido nunca a ningunos amigos para jugar, no quería que Clara y Raúl se fueran.

Pero los niños lloraron mucho y al duende le dio mucha pena y les dijo que al día siguiente, por la mañana, los soltaría, siempre que les prometiera, que todos los domingos regresarían al bosque a jugar con él; porque siempre estaba muy solo y no tenía con quien jugar. Por eso, el duende les dijo a Clara y Raúl, que si decían la palabra mágica “Salakabula”, desaparecerían de sus casas y aparecerían en el bosque para jugar con él un ratito, y así estaría siempre contento y no triste como hasta ahora.

El duendecillo del bosque


Al día siguiente, el duende llevó a Clara y Raúl donde estaban los profesores y compañeros y de una forma mágica desapareció.

Y desde ese día, todos los domingos Clara y Raúl juegan con su amigo el duende cuando dicen la palabra mágica “Salakabula”.

¡Y colorín colorete, el duende salta tanto como un cohete!.

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Bane, Lassi y Miki las tres ardillitas del bosque

Cuento inventado  por los niños y niñas del Colegio San Carlos Borromeo, alumnos de 5 años del Club Infantil de Lectura (Ángela, Conce, Sara, José, María y Kike.)

Bane, Lassi y Miki eran unas ardillitas que vivían muy felices en un bosque.

Las tres eran hermanas y tenían su casa en un viejo árbol, donde guardaban las bellotas y frutas que cogían en primavera. Cuando llegó el invierno, decidieron celebrar el cumpleaños de Miki que era la menor de las ardillas.

Todas estaban muy contentas. Invitaron a todos sus amigos del bosque (conejos, mapaches, pájaros, mariposas, etc…).

Para el cumpleaños de Miki, prepararon una enorme tarta de bellotas con nueces y nata. Era grandísima porque tenían que comer todos sus amigos. También prepararon “chuches” y refrescos.

Todos estuvieron comiendo durante muchas horas, y jugando a cosas muy divertidas.

Cuando se estaba acabando la fiesta, empezó una gran tormenta. Los rayos y relámpagos asustaron a todos los animalitos, y ninguno quería irse a su casa, porque les daba mucho miedo; pero cuando estaban más tranquilas, un rayo cayó sobre el viejo árbol donde estaban y empezó a arder.

Bane, Lassi y Miki en su árbol

Todos salieron corriendo y se refugiaron en otro árbol que estaba cerca; era un pino muy grande que tenía un agujero, por donde entraron todos los animales. Desde él vieron como ardía el árbol viejo, y pensaron que habían tenido mucha suerte al salir todos.

Bane, Lassi y Miki, empezaron a llorar porque se habían dado cuenta, que ya no tenían ni casa, ni comida para todo el invierno; ya que estaba ardiendo y no podían hacer nada para recuperarlas.

Sus amigos, cuando las vieron tan tristes, le dijeron que como eran buenos amigos, les ayudarían a hacerle dentro del pino, unas habitaciones para que vivieran en él. Y también entre todos, le llevaron comida, para que no pasaran hambre en el invierno.

Y fueron muy felices y siempre ayudaron a sus amigos.

¡Y colorín colorete, las ardillas vivieron en el pino – pinete.!

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Violeta y sus cachorros

Cuento inventado por los niños de 1º de Primaria del Colegio San Sebastián: Ángela, Alba, Laura, Oscar, María, Fernando, Teresa, Juan, Marta, Laura, María Isabel, Jaime..

Violeta y sus cachorros

Violeta era una perrita que iba a tener cachorros; vivía en una linda casa con una ancianita.

Un día Violeta salió a pasear como todos los días y entre los coches se perdió, llegando hasta el bosque. Como no sabía volver, estuvo muchos días perdida.

En ese bosque había unos leñadores, que cuando la encontraron le dieron de comer y beber. Uno de los leñadores se llamaba Pedro, era el más viejo de todos y quería tener una perrita como Violeta. Así que la ató a un árbol.

Por la noche Violeta mordió la cuerda y se soltó. Estuvo escondida en el bosque y en esos días, nacieron sus dos cachorrillos; “eran muy lindos”.

A uno le puso de nombre “Luna”, porque tenía una mancha blanca en la frente, y al otro “Ton – Ton”, porque de gordo que estaba, parecía un tambor.

Violeta buscaba comida para ella y sus cachorrillos donde estaban los leñadores, y siempre encontraba pan, carne y otras cosas. Por la noche cuidaba de sus cachorros, para que ningún animal les hiciera daño.

En el camión

Un día Violeta cogió a sus cachorrillos con la boca y los subió a un camión lleno de madera que iba a la ciudad. Los escondió entre la madera, y cuando llegaron a la ciudad, los bajó.

Después de andar mucho rato con los cachorrillos, llegó por fin a la casa de su dueña.

Ladró mucho tiempo y cuando la viejecita abrió la puerta, se encontró a Violeta, con Luna y Ton-Ton; se puso muy contenta al verlos y los metió en la casa, y siempre los cuidó mucho.

¡Y colorín colorado, los cachorrillo de Violeta, ya se han acostado!.

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